¿A dónde vamos y por qué? (Notas de rodaje)

by Andrea Valdés

“…Lo sabremos, quizá mañana, cuando estemos pensando en pasado mañana con impaciencia. Vamos al Colón, a la Opera, al Palacio de los Deportes, al Olimpia londinense, al Covent Garden, al Instituto Torcuato di Tella, asistimos a los partidos de Boca contra River, aprendemos de las focas en el jardín zoológico. Vamos a divertirnos, a matar el tiempo o a que el tiempo nos mate con una pepa de naranja, nos sacudimos en las butacas, pagamos por ser injustamente agredidos, para tener ganas premeditadas de reír, llorar, saltar, comer unos Laponia o chocolate con almendras, bostezar, permanecer helados o exaltados, pero sobre todo no faltamos a la cita. Nuestros amigos los griegos y también los romanos y todas las generaciones que nos precedieron, iban por curiosidad a observar algo que pasaba en determinado lugar en un tiempo equis, es decir, un espectáculo organizado por alguien o varios que se confiesan públicamente para ser juzgados en distintos avatares. Pero de lo que se es consciente sólo a medias es de los espectáculos que no se organizan, aquéllos que existen por sí mismos y forman parte de la vida diaria, células vivas que nutren los espectáculos organizados y que nos obligan a ser espectadores y actores al mismo tiempo.

La sociedad inventó muchas cosas que molestan, pero que en cierta medida son útiles y cumplen su función “social”, inventó esas cajas grandes que se llaman teatros y dentro de las cuales pasa algo. Da qué pensar que a veces salgamos de un espectáculo organizado y, más tarde, en la calle encontramos una manifestación de orangutanes que nos excita mucho más que la función teatral: el espectáculo se ha cumplido fuera y no dentro de las cajas. (…) Cuando escuchamos a un actor repetir su texto aprendido de memoria por quincuagésima vez, pensamos, sin necesidad de poseer una prodigiosa imaginación, que hay una nota falsa y terminamos por no escuchar el texto sino la manera cómo lo dice o cómo se mueve. Ese texto, para colmo, no le pertenece, es de un escritor. Lo lógico sería que el escritor mismo se jugara sobre un escenario, sólo o acompañado del resto del elenco, que trataría de expresar las ideas de un tercero. El mundo de los intérpretes agoniza como testimonio de otra época”.[1]

Quien escribió esto, hace más de cuarenta años, me pregunta ahora si se ha excedido con el maquillaje. Se llama Graciela Martínez y yo la animo a sentarse, mientras otros se cambian entre varias sillas de plástico.

I

Son las nueve de la mañana en Buenos Aires. Es jueves y estoy en la segunda planta de un edificio luminoso y con las ventanas sucias. La primera vez me costó dar con la entrada. Pasé dos veces por delante hasta que entendí que para llegar a la portería, antes, había que atravesar una tienda. Una de las fachadas da a una estación de tren. La otra, a un descampado en el que se ven varios huertos, un improvisado parking y un vagón abandonado. El edificio, que no es muy antiguo, también parece algo abandonado. Quizás fue escenario de un desalojo, aunque en su interior todavía hay signos de actividad: carteles escritos a mano y puertas con candados torpes, de bicicleta, o placas con el nombre de algún despacho. Por las escaleras, que son generosas, transitan algunas personas. Son caras que desconozco.

Cuando Dora García me invitó a tomar algunas notas sobre su último proyecto, yo acepté inmediatamente, a sabiendas de que gravitaba en torno a Oscar Masotta, figura que entonces ya me tenía intrigada, pero esto lo explicaré más tarde. Aún es pronto y en el edificio de la calle Lacroze los ceniceros están por llenarse. Puede que entonces se me aparezca un segundo fantasma, el de Julio Cortázar que, como Masotta, fue un fumador empedernido. Hoy se filmará uno de sus cuentos. Por lo que sé de una charla previa, lo que une esta historia con el resto es la noción de repetición y sus ecos en la literatura y el psicoanálisis.

Dora García no es una artista de ambiciones intermedias. Para no perderme, yo siempre la asocio a palabras clave, como los tag que aparecen en la web de un proyecto que presenta múltiples entradas y posibles desvíos. Con ella siempre sucede. Hay vídeos, imágenes y textos que remiten a un determinado universo. Kaprow, Agamben, Debord… Aquí la documentación recibe el mismo tratamiento que cualquier otro elemento. Se ve en el folleto con el que se nos invita a asistir a la reproducción de Para inducir al espíritu de la imagen, uno de los happenings de Masotta que integran esta nueva obra, dividida en cinco partes y que también se llama Segunda vez, como el cuento que me trajo a hasta este extraño edificio.

Se supone que hoy no es el rodaje definitivo, pero es posible que en el montaje final se use material de los ensayos, lo que no parece alarmar a los actores. “Es que vienen todos del under, no de la tele. Están acostumbrados a lidiar con cualquier situación” me comenta Lila (Lisenberg), la line producer. Tras charlar un poco con Graciela, es a ella a quien me encuentro en la primera planta, donde se filmará todo.

En un rincón, frente a unos ascensores no muy fiables, hay una mesa con cafés y pastas que cada vez atrae a más gente. Ya han pasado unos cuarenta minuto. No veo a Dora ni a su equipo, dos cámaras y un sonidista. ¿Dónde se habrán metido? Resulta que su remis chocó con otro justo cuando iba a recogerlos, así que aún tardarán un poco, pero allí nadie parece tener prisa ni espera a ser presentado. Cada cuál lo hace a su manera, según vamos llegando.

–Hoy no hace tanto frío.

–Hay café, café…

–Y mucho humo.

–Buff, estoy reventada.

–Si acabamos de empezar. ¿Querés una servilleta?

–No. Y ponéte también el delantal que si no aquí nos cagarán a pedos.

–¿Delantal?

–La bata…

Oigo varios bostezos. A veces algún paso.

–Estos pendientes los compré la semana pasada. Me gustan porque son muy livianos. Con las alajas antiguas era un problema, todas de bronce, pero con estos, no me pesan las orejas.

Saludos. Alguien da un carpetazo.

–¿Qué hacen las galletitas ahí tiradas?

–Llevan así dos años.

–No ven que hay lauchas acá. Hay lauchas… ¡Imaginate qué festín!

Alguien silba.

–En Argentina hemos pasado tanta hambre…, suerte que los del gremio siempre tuvimos esto del catering.

–Y yo que me hice actriz para no tener que madrugar. No entendí nada.

El elenco es bastante mixto. Lo compone una veintena de actores de distintas edades. La mayoría ya se conocen del circuito. Por lo que entiendo, el vestuario lo ponen ellos, según un par de consignas que debieron ser muy vagas, como sucede en la historia original, donde varias personas son citadas por carta a una oficina en las que un cuerpo de funcionarios les anima a realizar un trámite.

–¿Recibieron un papel?

–Sí.

–Yo también lo recibí pero no explicaba nada. Ahí dentro hay mucha gente…

–Yo es la segunda vez que vengo.

–¿La segunda?

–¿Y vos?

–La primera.

–Yo también. ¿Y cómo fue?

–Bien. Te preguntan nombre, dirección…

–Pero ¿por qué viniste una segunda vez?

–Me dijeron de volver.

–Ese hombre mira raro.

–Igual es su cara. Es un hombre raro.

–¿Y de la familia te preguntan?

–Sí. Estudios, ocupación…

–¿Y hay que traer foto?

–A mí no me la pidieron.

–Pero ¿cuando fue la primera vez?

–Hace 3 días.

–3 días… Al menos, parece que ahí dentro la cosa va rápido.

–Depende. Con algunos tardan cinco minutos, con otros unos veinte.

Para estar ambientado en otra época, la caracterización no es muy llamativa. Es más, cuando llegue el momento, Dora será la primera en “saltársela” al decidir que se empezará a filmar con la entrada en escena de los utileros. Hasta entonces aquellos chicos nunca habían hecho de actores. Andaban por el set, colgando cortinas y fijando cosas, mientras se instalaban algunos micrófonos. Le gustó su presencia: uno era obeso, el otro más bien esbelto, con las cejas delicadas y un gorro con un parche de Obey, el artista urbano que inmortalizó el rostro de Obama. Dora no le pidió que se lo quitara ni quiso gritar “acción” cuando se acercó el momento.

Simplemente dijo: “Se graba todo de una vez. Es un plano secuencia con 3 cámaras. Eso quiere decir que aunque haya una cámara principal, las tres estarán grabando sin parar, lo que no significa que haya que actuar todo el rato. La idea es intentar grabaros a todos, con todo lo que improviséis dentro o fuera del personaje. No existe un diálogo que sea dominante. No he pensado que sea necesario leer el cuento original de Cortázar, porque en ese cuento también es todo muy ambiguo. No se sabe exactamente qué es lo que pasa.”

“Lo que sí está claro es que hay tres grupos de personas y hay una jerarquía que no se explicita, pero que está en los gestos y manera de moverse de cada uno. También en los espacios. Está la sala de espera, las oficinas y el despacho que queda más al fondo, donde se hace el interrogatorio final. A través de las puertas se adivina movimiento… Sólo Rocco tiene alguna idea de cómo es el lugar, porque es la segunda vez que ha sido citado, así que se trata de que hacer lo que harías si estuvierais de verdad en esa situación, que es básicamente lo que hacemos todos, a diario”.

Poco a poco, el humo contamina la atmósfera y a medida que se improvisa en torno a un mapa, un sello…, los diálogos se van singuralizando.

En la sala del fondo, la del interrogatorio, el cámara empieza girar sobre sí mismo, muy lentamente. Responde Rita, la protagonista.

–¿Fumas?

–A veces.

–¿Querés fumar?

–Bueno.

–¿Y qué haces de tu vida?

–Soy estudiante.

–¿De qué?

–Letras

–¿Y qué tipo libros te gustan?

–Ahora mismo leo literatura argentina. Me gustan mucho los diarios íntimos.

–¿Por que? Te gusta inmiscuirte en la vida de las personas?

–Me gusta el registro de la intimidad.

–¿Estás nerviosa?

–No.

–¿Te gusta espiar?

–Me gusta leer.

–Y de pequeña, ¿fuiste a dirección?

–¿A dirección?

–En secundaria, a rendir cuentas por tu comportamiento.

–Sí. Una vez.

–¿Por qué?

–Porque hablaba mucho en la clase.

–¿Por qué?

–Tenía cosas que decir y la profesora no me soportaba y me mandó a dirección.

–Y la dirección, ¿era como esto? ¿O más chiquita?

–Más chiquita. Era un cuarto

–Ya veo…

–¿Tenés inquietudes con nosotros?

–¿Preguntas?

–Las inquietudes no son preguntas. Si no te hubiera preguntado si tenés preguntas. Dudas… ¿Tenés dudas?

–No.

–Ninguna duda. ¿De todos nosotros quién es el jefe?

–El jefe… el jefe… sos vos.

–Y dime, ¿siempre tratás de vos a las personas mayores?

–No. Usted es el jefe.

–¿Viniste sola?

–…

–Hiciste bien. ¿Y hablaste con alguien?

–Sí. En la recepción.

–Cuando te dirigías a un profesor en el colegio, ¿lo tratabas de vos?

–A veces.

–¿Y cómo reaccionaba?

–Bien porque si los trataba de vos es porque él o ella había habilitado ese trato.

–Entonces, no es que intentaras seducirlos para obtener algo a cambio.

–Era una conversación normal.

–¿Normal? Como está conversación ¿o más normal?

–No lo sé.

He de taparme la boca, porque nos reímos con frecuencia de las cosas que se improvisan. Mientras comemos, yo le comento a Rita (Pauls) que debe ser raro nacer con vocación de actor, pero ella le resta importancia y Dora, a su manera, la acompaña: “Todavía se debate qué es actuar bien, pero creo que era Robert Mitchum que decía que sólo tenía dos registros: uno con caballo y otro sin”. Andrea (Garrote), por su parte, se lamenta de que apenas existan ficciones del bien. “La mayoría de las tramas son paranoicas, pero ¿porqué no hay ficciones con otra estructura?”. Yo no sé qué decirle. Ahora pienso que quizás la culpa sea de Roberto Arlt, a quien Oscar Masotta dedicó un ensayo importante, aunque no fue a través de Arlt que llegué hasta él.

II

El azar quiso que justo en ese momento, yo viviera no una operación Masotta sino dos: la que estaba llevando a cabo Dora García al repetir y documentar sus acciones, poniéndolas en diálogo con otros autores como hacíamos ese día; y la que da título a un ensayo de 1991 escrito por Carlos Correas. Este ensayo es la autopsia de una amistad y una época, pero también la biografía intelectual de una figura, cuyo recuerdo le sirve al autor para despacharse a sí mismo. Siendo muy duro, en sus páginas reconozco a dos sujetos fascinantes, a quienes la lectura cambió y separó para siempre.

Con esto en mente, asisto al día siguiente a la filmación de la citada Para inducir al espíritu de la imagen, en la sede actual del Instituto di Tella.

Suena un zumbido y frente a mí reconozco a muchos de los actores del día anterior. Ahora están en fila, con girones en la ropa y cara de cansancio. En esta ocasión se les ha pedido que se vistan de vagabundos y personas venidas a menos. Uno se desliza lentamente, otro cuenta su dinero y un tercero mueve los labios, como si recitara mentalmente. Son el foco de atención de un acto que se anuncia molesto y por el que se les ha pagado previamente en público, a cambio de permanecer una hora quietos sobre una tarima, bajo la incidencia continua de unos reflectores y un sonido agudo, para dejarse mirar por nosotros, el público.

Si Carlos Correas me clausuró a Masotta con su escritura, me encuentro con que Dora García me lo rescata con esta acción. Y es una figura distinta. De hecho, al hablarnos de lo que significan sus acciones, nos dice que el happening no depende tanto de manipular al público, “sino de crear las condiciones para que algo vuelva a suceder”. Es una idea bonita, que a su vez me remite a la del propio Cortázar, pues también él coqueteó con el happening y hasta intentó definirlo. “Es por lo menos un agujero en el presente”.

En su cuento, irónicamente, lo inquietante es que no hay ninguno. ¿Por dónde ha salido Carlos? Estoy de nuevo en el edificio. Es le segundo día de rodaje y la protagonista escruta la sala de interrogatorio con la mirada, mientras la cámara sigue girando. Siguen las preguntas.

-¿Y cuánto te demoraste en venir acá?

-Quince minutos o menos.

-¿Quince? ¿O menos?

-No sabría decir. Vine en bicicleta.

-¿Vives lejos?

-En Villa Crespo.

-¿Y te gusta el cigarrillo?

-Aún no me lo acabé.

Todo esto lo oigo a través de los cascos porque ahora estoy escondida tras un biombo, en la primera sala, en la de espera, donde apenas unos minutos antes Nathalie contestará a un móvil y se largará a hablar en sueco, una rareza en una historia en la que no faltan detalles extraños, como esa mujer que tiene las manos sucias o ese póster que nadie entiende y demás objetos que se adivinaban de fondo: una batidora, una motocicleta, un conejo de yeso… Trastos que nadie se imagina en una oficina. Ni en 1973 ni ahora. En el cuento, esa extrañeza también se describe e incluso se justifica de pasada: “Su hermana había dicho que estaban instalando oficinas en cualquier parte porque los ministerios ya resultaban chicos” dice el narrador, encarnado en un “nosotros” que nunca llega a identificarse. De hecho, este narrador lo menciona casi todo de pasada –la citación, las preguntas…– como un diálogo que empezó hace ya tiempo y del que nadie quiere a hacerse cargo, al menos, no abiertamente o no del todo. Es demasiado monstruoso.

III

Un mes después volví a aquel edificio. Subí al primer piso y llamé a la puerta. Me abrió un hombre con los dientes perjudicados. Le dije que hacía poco había estado allí, en aquel espacio, como parte de un rodaje. El ambiente estaba más despejado y limpio que la otra vez, pero ahí seguían las mesas, el perchero rojo y aquel cartel que se bañó en café, para darle el tono de un papel viejo y afectado por el humo de los cigarrillos.

NO PASAR. Acceso exclusivo a personal de secretaría. El hombre me contó entonces que el edificio pertenecía a la Administración de Infraestructuras Ferroviarias (ADIF), pero que el gobierno cedió su uso íntegramente a una cooperativa. Así que desde hace 10 años es la sede de Mutual Sentimiento, una asociación fundada en 1999 por ex detenidos y exiliados políticos para paliar, no ya los abusos del aparto estatal, sino los efectos de su abandono. En su interior hay una radio comunitaria y un espacio para talleres, en el empedrado que queda fuera, donde yo vi un vagón abandonado hay un galpón de alimentos de producción local y, en la tercera planta, lo que constituye su mayor logro: una farmacia de medicamentos genéricos. A veces se alquila para rodajes.

Tras hablar de esto, le pregunto si puedo echar un vistazo, pero ni rastro de Rocco. Ni de Rita ni Raúl que en la película se preguntan porqué habrán sido citados. Todos salvo uno salen por donde han entrado. Avanzo. En la sala del fondo, la del interrogatorio, sí siento una presencia.

“No te asustes” me dice el tipo de los dientes rotos, cuando me abre la puerta. Frente a mi veo a un perro que me ladra y en seguida me lame la mano, como si me conociera de antes.

–Lo siento, debo irme. Se me hizo tarde – le digo al hombre. A las siete había quedado.

–En un par de días vendrá Federico. Si vuelves te lo explicará todo y te lo explicará mejor. Es él quien tiene los datos.

 

  • 1. Primera plana, 2 de abril de 1968.